sábado, 17 de octubre de 2009

El ocaso

El lima, el amarillo;
el re mayor sostenido,
o el sí, el sí, quizás,
mejor, más acertado por tu
sonrisa o por tu forma de comer
o de guiñar un ojo.

***

La luz de la buhardilla
expira por nosotros,
por nadie,
el incendio de un cielo,
un cielo helénico, que oscila;
zozobran ya sus llamas por nosotros,
por nadie.
Suspendidos
ante el rubor
de
los semáforos, flagrantes.
Este es el momento en que te beso.

Y otra vez
nos suspendemos.
El calor destila
sus ecuaciones
sobre mí y sobre ti.
Este es el momento en que te desnudo.

Un cielo helenístico
Un cielo bajoimperial
arrasado en Normandía;
que ahora se consume.
Su gloria,
vaticino, será intacta,
como la noche en un sudario
(la noche ciega, amor, la noche
tuerta, cariño, la noche, mi vida,
sin ojos, sin alma).
Como si la Venus de Milo -hallada
al rededor del año 100 a.C.- fueses,
te penetro.

***

Arde, arde una tienda de instrumentos
en mi mente, y con ella
el dependiente. Sus alaridos
de horror son ignorados allá afuera.
Y entonces -cuando
todas las llamas del mundo y de mi pensamiento
se consumen- llega el momento en que te miro,
y pido perdón.