martes, 28 de julio de 2009

Agorafobia

Llevo dos años y medio encerrado en esta casa,
solo. Hace dos años y medio que hablo
con objetos inertes a los que he bautizado
con tu nombre. Permanece la puerta cerrada
-como tú la dejaste tras marcharte-
desde aquella noche de la que hoy hacen
dos años, cinco meses, tres semanas y un día.

Aunque por la noche todavía muero, todos los días
amanezco y siento júbilo en mi cuerpo, siento
ganas de vivir: de respirar aire fresco.
Pero cuando intento salir, cuando estoy tan solo
a metro y medio de la puerta, retrocedo convencido
de que allá afuera un nazgûl me busca, busca ansioso
el anillo de boda que aún porto en el dedo corazón
-pues él es en verdad el Anillo Único-
oteando desde el cielo, en su bestia alada,
el barrio que me vio crecer. Y no salgo. No salgo.

Anatolia

Es un fantasma de luz
un vacío deslumbrante
mi compañero de este autobús
con rumbo a ninguna parte

Penitencia o sin título

Es azul el cielo y gris el amargo sabor de mi boca. Roja la sensación de arder. Verde el misterio de moscas dentelleando la piel de torpes cuerpos desnudos. El blanco para ellos. De negro color el contacto de todos danzando en el beis del infinito. Rosa mi lengua lamiendo el silencio de color amarillo; el amarillo manifiesto de las manos del muerto.

Imagine, lector. Imagine bien esta amalgama de colores. Imagínenos a ambos, usted y yo, uno frente al otro, imaginándola. Y añada un color más al cuadro expresionista: Pronunciemos en alta voz el violeta, una a una las violetas letras de la palabra perdón.