La aurora resbaló sobre su copa de tristeza.
Aquel borracho de silencios,
de luces apagadas, de mares insalobres,
vislumbró tras las ventanas empañadas
un resplandor casi tan real como un suspiro,
casi tan real como la muerte.
Aquella imagen crepuscular matutina
sirvió para hacerle emerger
del cieno de la nada.
A él: estúpido cuerpo de trapo
acostumbrado a limpiar polvo
de ataudes desvencijados.
Y no vaciló. Dejó caer la copa.
Tan sólo quería mirar al sol a los ojos
Y enunciar bien alto sus propósitos.
jueves, 14 de mayo de 2009
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