El mundo abrió los ojos
y contempló
su propio cuerpo en erupción;
no fueron siete días
sino un instante nada más,
un segundo fue bastante,
nada más.
Con las manos frías
y el cuerpo mojado
recuerdo aquella escena.
Estaba yo solo, presente,
creyendo estar presente
en un inescrutable sueño
un sueño de esos que de repente
anegan tu vida sin quererlo,
por siempre.
Pasaban las horas,
corría el viento moviendo
mis cabellos y mi cuerpo
en erupción,
su cuerpo
que no era el mío,
aunque también era yo.
y al suceder aquella escena,
en el segundo siguiente
a aquel segundo
me pregunto a mi mismo
qué diablos ha pasado;
por qué ese oscuro espectáculo
y no una luz,
por qué esa luz
y no nada.
domingo, 1 de febrero de 2009
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