Ayer me contó una mujer, al salir de su casa, que había visto hacía pocos días por el barrio una rosa ardiendo, lo cual, según me aseguró, causó admiración entre los transeuntes. Mantuvo con ansiedad sus ojos clavados en mis ojos siempre escépticos, por un instante, y como leyendo mi mente: "le juro a usted que ardía." Sin pronunciar palabra alguna le di la espalda y me fui.
No. Personalmente no creo que hubiera nada allí: ni rosales ardiendo, ni transeúntes, ni nada. Tan sólo cristales, cristales de coches robados sobre las sucias aceras.
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